Me siento en una incómoda silla y abro un documento nuevo,
vacío. Dejo hueco para el título. Me levanto y respiro el contaminado aire de
mi habitación. Mis labios saben a resina de hachís, mi garganta emite cada una
de las notas musicales que le transmitió el bourbon con hielo que la desgarró
hace solo unos minutos. La luz es roja y se pega al humo y a la pared
convirtiendo lo puro del blanco en agobio y fatiga. Cierro los ojos y por
primera vez tengo conciencia de no estar en casa, y eso me enfada. ¿Qué diablos
pasa? Es mi cuarto, es mi hogar. Es mi cama, mi cocina, mi estantería de Ikea,
la incómoda silla que me soporta cada noche. Es el frío suelo que recuerda cada
mañana que ni un solo rayo de sol lo tocará mientras esté entero. Y de repente empiezo
a sentir como se desgarra mi piel. No es algo uniforme, siento una raja en la
parte superior de la columna y se une con otra que va de la nariz a la nuca.
Puedo sentir un latigazo cuando el último punto de unión cede a la presión. No
se donde están las cuerdas vocales y siento una necesidad brutal de gritar. Mis
ojos caen al suelo y es cuando empiezo a entender que es lo que pasa. Mis
rodillas se relajan hasta el punto de dejar de ser rodillas. He llegado a casa.
Ya no me toca la luz, ya no escucho, no veo, no siento el aire que me rodea.
Agua derramada que no añora el vaso hecho añicos que chilla desconsolado en el
suelo. Agua o sangre, no estoy seguro. Es un dato sin importancia. Nada de esto
ha tenido ninguna importancia.
Vuelvo al sitio original y le escribo cualquier mierda a
alguien que nunca lo leerá. Solo leerá el título, y con eso le basta.
Cómplice rojo y negro. María Marta Aguilera.

Conozco esa sensación de sentarse en la silla y dejar un hueco para el título...
ResponderEliminarLibre y en casa...